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CAPITULO 9: HARRY POTTER 7

Albus Dumbledore RecordadoPor Elphias DodgeConocí a Albus Dumbledore a la edad de once años en nuestro primer día en Hogwarts. Nuestra mutua atracción se debió sin duda al hecho de que ambos nos sentíamos forasteros. Yo por mi parte había contraído fiebre del dragón poco antes de llegar al colegio, y aunque ya no era contagioso, mi rostro picado y el tinte verdoso no alentaban a muchos a que se me acercaran. Por su parte Albus había llegado a Hogwarts con la carga de la no deseada notoriedad. 


Apenas un año antes su padre Percival había sido apresado por un salvaje y bien publicitado ataque contra tres jóvenes Muggles.Albus nunca intentó negar que su padre (que murió en Azkaban) hubiera cometido ese crimen, al contrario, cuando reuní valor para preguntarle me aseguró que sabía que su padre era culpable. Aparte de eso, Dumbledore se negaba a hablar del triste asunto, aunque muchos trataron de que lo hiciera. Algunos, incluso, estaban dispuestos a alabar la acción de su padre y asumieron que también Albus era enemigo de los muggles. No podían haber estado más equivocados: ya que cualquiera que conociera a Albus podría haber atestiguado que jamás reveló ni la más remota tendencia anti-muggle. Es más, su decidido apoyo a los derechos de los muggles le ganó muchos enemigos en los años subsiguientes.Sin embargo, en cuestión de meses la propia fama de Albus comenzó a eclipsar la de su padre. 


Al finalizar el primer año ya nunca más sería conocido como el hijo del enemigo de los muggles, sino nada más y nada menos que como el más brillante alumno visto nunca vez en el colegio. Aquellos de nosotros que tuvimos el privilegio de ser sus amigos nos beneficiamos de su ejemplo, por no mencionar su ayuda y estímulo, con los cuales siempre era generoso. Más tarde me confesó que incluso entonces había sabido que su mayor placer sería siempre la enseñanza.No solo ganó cada premio por mérito que ofrecía el colegio sino que pronto estuvo manteniendo correspondencia regularmente con los más notables magos de renombre de la época, incluyendo a Nicolas Flamel, el celebrado alquimista; Bathilda Bagshot, la notoria historiadora; y Adalbert Waffling el mago teórico. Varios de sus documentos se abrieron camino hasta conocidas publicaciones, como Transfiguración Hoy, 


Los Retos de los Encantamientos y Pociones Prácticas. La futura carrera de Dumbledore parecía que iba a ser meteórica y la única pregunta a considerar era cuándo iba a convertirse en Ministro de Magia. Sin embargo aunque en años posteriores se predijo varias veces que estaba a punto de aceptar el trabajo, nunca tuvo ambiciones ministeriales.Tres años después de que hubiéremos comenzado en Hogwarts el hermano de Albus, Aberforth, llegó al colegio. No se parecían; Aberforth nunca fue carismático, y al contrario que Albus, prefería arreglar las disputas con duelos en lugar de a través de discusiones razonables. Sin embargo es bastante erróneo afirmar, como algunos han hecho, que los hermanos no eran amigos. Se llevaban tan bien como podrían hacerlo dos muchachos tan diferentes. Para ser justos con Aberforth, se debe admitir que vivir bajo la sombra de Albus no puede haber sido una experiencia totalmente cómoda. Ser continuamente eclipsado era el riesgo inherente de ser su amigo y ser su hermano no debe haber sido mucho más placentero.Cuando Albus y yo dejamos Hogwarts habíamos planeado hacer juntos la entonces tradicional vuelta al mundo, visitando y observando a magos extranjeros antes de proseguir con nuestras respectivas carreras. Sin embargo la tragedia intervino. En la misma víspera de nuestra partida, la madre de Albus, Kendra murió. Dejando a Albus como el cabeza y único sustento de la familia. Pospuse mi partida lo suficiente como para presentar mis respetos en el funeral de Kendra y luego partí para lo que ahora sería un viaje solitario. 


Con un hermano y hermana más jóvenes a los que cuidar, y con poco dinero heredado, ya no había dudas de que Albus no me acompañaría.Ese fue el período de nuestras vidas en el que menos contacto tuvimos, le escribí a Albus contándole, tal vez insensiblemente, de las maravillas de mi viaje, narrándole desde escapadas por los pelos de chimaeras en Grecia hasta experimentos llevados a cabo por los alquimistas egipcios. Sus cartas me decían poco de su vida diaria, que adivinaba debía ser extremadamente aburrida para tan brillante mago. 

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